Después de Ayotzinapa: Una lucha de largo aliento

Por: Kenya Herrera Bórquez

A principios de febrero, leí un artículo de John Ackermann que me gustó mucho. Decía que cuando Jesús Murillo Karam declara “verdad histórica” a la versión oficial de lo acontecido en Guerrero, su postura lo revela como un eslabón más en la cadena de autoritarismo que ha sujetado al país desde hace décadas. A pesar de esto, para Ackermann una nueva historia se está escribiendo, con lo que él llama “iniciativas de largo aliento”.

 

“Largo aliento” fue una frase que compartimos un grupo de mexicanos cuando hablábamos de lo que podíamos hacer desde Alemania frente a la atrocidad de los eventos del  26 de septiembre del 2014. La expresión me previene. Creo que México necesita transformaciones,  pero éstas no serán ni inmediatas ni fáciles. También me hace pensar que hay otras personas como yo, que nos consternamos ante las pronunciadas desigualdades económicas y sociales, la escalada de violencia y el clima de impunidad y corrupción.  “Largo aliento” me sugiere la posibilidad de la solidaridad y el apoyo entre nosotros.

 

Los días recientes me han reforzado esta idea. El 19 y 20 de febrero pasado, el Instituto Latinoamericano de la Universidad Libre de Berlín auspició en colaboración con la Heinrich Böll Stiftung, el Colegio Internacional de Graduados “Entre Espacios” y la asociación México vía Berlín, el congreso “Después de Ayotzinapa:  Estado, crimen organizado y sociedad civil en México”. De acuerdo a los organizadores, el evento tenía tiene tres objetivos: por un lado, abordar el tema de la situación de violencia en México desde diferentes disciplinas científicas. Por otro lado, divulgar y discutir en Alemania el conocimiento teórico y/o empírico generado en diferentes centros de investigación con respecto a preguntas sobre violencia, seguridad estatal, crimen organizado, esquemas de gobernanza, movimientos sociales.

 

Por último, crear un espacio de diálogos entre académicos, estudiantes y activistas sobre las condiciones actuales del país y las posibles avenidas para el cambio. Me parece que este evento cumplió con creces sus objetivos. Ciertamente, hubo una discusión académica muy rica y un diálogo importantísimo entre academia y activismo.

 

Hubo participación de personas del campo de las ciencias políticas, de la historia,  del derecho. También, de la sociología y de los estudios culturales. Compartieron su punto de vista periodistas y también activistas que trabajan en la línea de enfrente, con ciudadanas y ciudadanos en la defensa de sus derechos.

 

Hubo una discusión teórica muy necesaria, para acotar conceptos sobre el Estado, la seguridad pública y violencia. Los acontecimientos actuales en México ha enfrentado a la academia con fenómenos para los que hay que crear una nueva serie de categorías y de precisiones. Esto, ante temas donde lo ambiguo y lo opaco de la situación hace difícil un análisis concienzudo. Se complica aún más cuando hay una apropiación de términos que se utilizan libremente, sin reflexionar si son los apropiados. Los participantes se preguntaban, por ejemplo, si el concepto de “Estado fallido” sería el adecuado para definir al Estado mexicano. ¿Cómo podemos analíticamente entender los entramados que se gestan entre el Estado y los grupos delincuenciales? ¿Cómo explicar la violencia y cómo definirla?

 

En otro momento, el análisis teórico dio paso al conocimiento por experiencia directa con las consecuencias de la escalada de violencia.  Se narraron observaciones y reflexiones a partir de trabajos que analizaban a través de entrevistas y la observación directa, las consecuencias de la violencia de la delincuencia organizada en la vida de hombres y mujeres mexicanas. Se habló de mujeres que están en condición de cárcel, de jóvenes de comunidades marginadas que se involucran en las redes del tráfico de drogas. Además, activistas compartieron sus experiencias en el trabajo de la defensa de los derechos humanos y en el combate a la violencia de género y el feminicidio. Todas estas participaciones ayudaron a colocar una discusión teórica en un contexto real, ayudó a trasladar la teoría a la experiencia humana directa, y considerar el reto de trabajar en país donde las instituciones no funcionan adecuadamente, y donde el gobierno no puede garantizar la seguridad mínima para activistas, e incluso se convierte en la primera amenaza.

 

Dicen que aquel que no conoce el pasado está condenado a repetirlo.  Por eso, fue muy valiosa la contribución de la historia para entender las continuidades y las rupturas históricas. Por un lado, ayudaron a explicar cómo se creo un clima de criminalización del uso de drogas, y que convirtió el combate a las drogas ilegales un tema de seguridad nacional. Por otro lado también se analizó es uso de la fuerza del Estado mexicano contra la protesta social, tomando como referencia la matanza de Tlatelolco, la Guerra Sucia y otros hitos donde el Estado hizo uso ilegítimo de la violencia. Así como la historia es necesaria para entender el presente, también conocer el marco jurídico desde el cual se pueden evaluar las acciones del Estado y las posibilidades para hacer valer las responsabilidades que tiene para con la sociedad civil. Por ello, se analizó el caso de Ayotzinapa en el contexto del derecho penal internacional.

 

Todas las presentaciones abrieron el espacio a una discusión muy rica con el público. Colectivamente, vislumbramos lo complejo de la situación. Ayotzinapa, aunque quiera ser reducida por las autoridades a un hecho aislado, es una parte de una crisis sistémica de uso ilegítimo de la fuerza por parte del Estado mexicano y de mecanismos de corrupción e impunidad que han impedido el esclarecimiento de hechos.  Además, analizamos las omisiones y las áreas grises jurídicas, que dificultan que en México se juzguen crímenes de lesa humanidad y las desapariciones forzadas.  Aunado a esto, México tiene una historia de discriminación racial y de clase que se potencializa aún más con las lógicas del neoliberalismo. Campesinos, mujeres, indígenas, trabajadores de maquiladora, inmigrantes centroamericanos… todos ellos se convierten en vidas desechables, vidas que son fáciles de calcinar con el silenciamiento, el olvido y la indiferencia.

 

A pesar de todo esto, también pensamos en cómo la protesta y los movimientos sociales están construyendo la lucha. La visibilidad y la solidaridad internacional, el impacto del uso de redes sociales y la capacidad de encontrar vínculos entre otras luchas entre diferentes grupos en México y en el mundo, ayudan a que Ayotzinapa no sea una historia más que quede en el olvido. Después de Ayotzinapa, hay mucho por hacer.

 

Como mexicana en el extranjero, la experiencia de participar en este congreso me abre panoramas más amplios para entender qué pasa en México. Este panorama me asusta y me preocupa, porque me revela las implicaciones históricas, políticas, económicas, jurídicas y socioculturales que sostienen la violencia mexicana y la convierten en cotidianeidad para todas y todos. No hay una respuesta, no hay una solución. Hay  posibilidades que sólo serán realidad si se construyen en colectivo.

 

Precisamente esto, es lo que me dejó con un buen sabor de boca. Al evento,  asistieron muchos mexicanos, pero también gente de otras nacionalidades, igual de preocupados e interesados en el tema. Mexicanos, alemanes, argentinos, ecuatorianos, chilenos, bolivianos, unidos en la reflexión y la búsqueda de opciones para un país y una comunidad que nos importa. Mi alegría creció al final del congreso aún más. El colectivo 43, del cual soy parte, organizó una fiesta de solidaridad “Cumbia und Cambio” como cierre del congreso. El dinero recaudado  en la fiesta va para apoyar a los padres de familia de los jóvenes desaparecidos en Iguala.

 

Estoy sorprendida, conmovida y agradecida de la respuesta. Cierto es que, como latino, difícilmente puede uno en Berlín pasar la oportunidad de bailar cumbia y comer molletes con salsita picosa, pero me atrevo a decir mucha de la gente que asistió fue a mucho más que eso. Y fue mucha gente, gente de todas partes del mundo, podía uno escuchar alemán en una esquina, portugués e italiano en otra, español por donde quiera. Probablemente para algunos, no era claro para qué se hacía la fiesta,  era una noche de diversión y muy buena música. Pero conversando con los asistentes entendí que para muchos, la capacidad de solidaridad traspasa fronteras, y que desde lejos, sorprende, duele y preocupa lo que pasa en México. Si  podían contribuir con unos euros a ayudar, estaban más que dispuestos a darlos.

 

El congreso fue una experiencia enriquecedora, si bien no nos fuimos con respuestas claras. Fue gratificante compartir zozobras y pistas para posibles caminos por andar juntos. Fue esperanzador conocer a otras personas que están luchando por transformar al país, aunque sea a contracorriente. El esfuerzo de los organizadores, la vehemencia y el entusiasmo de los asistentes, y la respuesta tan nutrida al evento solidario me llenan de aliento. Y todos lo necesitamos, porque esto va para largo.

Originalmente publicado en La Silla Rota

 

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